Un crucero y un recorrido histórico
A bordo del Costa Concordia nos pasaron muchas cosas. La pasamos genial, a mi no me podían sacar del SPA, soy fanático de los tratamientos de baños y masajes, y ahí son fabulosos.
Todo es diversión, y en el medio de todo eso se conoce mucha gente.
Entre otras cosas, por esos días le agradecí a mi madre que me haya obligado a estudiar francés. En el viaje, que hacíamos con un amigo, durante una excursión conocimos a unas chicas francesas de otro crucero, el Norwegian Jewel, muy dispuestas a todo lo que se llame diversión. Pasamos unas horas juntos en tierra y después cada cual a su barco, con la promesa de ir a visitarlas a Niza.
Cuando desembarcamos en Barcelona nos hicimos tiempo para ir a ver el Gran Premio de Formula 1 en Mont Meló, y después alquilamos un auto y encaramos hacia los Pirineos rumbo a la Costa Azul. En ese recorrido, carretera sinuosa entre montaña, túneles, y el mar, tuve tiempo para recordar las lecciones de historia aprendidas sobre la Edad Media, los visigodos, su tránsito desde Roma a España, custodiando el Santo Grial del que se habrían apoderado, y el castillo de los Caballeros Templarios en Reims le Chateau, donde el Cáliz de Cristo habría sido depositado…
Fue cuando un cartel en la ruta me marcó que la distancia a ese pueblito era de 70 kilómetros. Le dije a mi amigo que nos desviáramos, que era un lugar digno de una visita, que se acordara del Código Da Vinci que habíamos leído hacía poco, etc. Pero mi amigo, que iba manejando en ese momento, no me hizo caso y con razones no muy respetuosas, pero que me da vergüenza ajena mencionar, definió que a él le tocaba elegir la ruta a seguir, y continuó hacia Marsella, Niza, las chicas francesas y después Mónaco.
Esa frustración me duró pocos kilómetros, al rato nomás yo ya estaba otra vez compenetrado de los mismos objetivos que mi amigo y feliz y contento de continuar nuestro plan inicial.
La otra frustración fue que nuestras chicas francesas… eran casadas…
Hacia Mónaco seguimos, pero solos…
DIEGO
